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Ruido

Febrero 12, 2013 Artículos, La ciudad es casa de todos Comentarios desactivados en Ruido

Ruido
Acallar la ciudad

No es necesario hacer notar que este espacio combate de manera frontal el uso indiscriminado de los vehículos de motor. Tampoco es que estemos en contra del automóvil en sí mismo, es de hecho una invención y un componente necesario para el funcionamiento de la sociedad. Lo que no podemos dejar de señalar es el mal uso que se le ha dado a esta invención cuya masificación marcó el inicio de la segunda revolución industrial.

Este medio de transporte, usado de manera poco razonable, ha acarreado a nuestra sociedad más cosas negativas que positivas. La ecuación es más o menos fácil: cuando este medio de movilidad crece de manera descontrolada, simplemente colapsa las vías impidiendo justamente eso, la movilidad.

Sin embargo, su efecto negativo no se queda allí. También tiene consecuencias que abarcan cada aspecto de nuestra realidad y que van desde lo económico hasta la salud. El aspecto que queremos destacar esta vez es el que tiene que ver precisamente con la salud, y nos sólo con la salud física, sino también la emocional, que se ha visto igualmente alterada en las últimas generaciones.

Como si no bastaran las miles de toneladas de contaminantes que se arrojan a la atmósfera cada día, hay que decir que estas no salen de manera silenciosa. Por el contrario, se trata de un proceso ruidoso que al igual que los contaminantes que van al aire que respiramos o al agua que bebemos, es casi imposible de evitar.

Un motor de combustión interna puede liberar mediante un proceso de explosiones controladas de combustibles fósiles varios cientos de caballos de fuerza. Entre más pesado es el vehículo más potencia se requiere para desplazarlo. Y entre más avanza el tiempo, menos compresión tendrá un motor, lo que hace que éste sea más ineficiente y como consecuencia, ruidoso.

Así hemos llenado nuestras urbes en los últimos cincuenta años del estrepitoso ruido de metales que explotan cíclicamente en el interior de miles de vehículos, a los cuales hemos tenido que acostumbrarnos y padecer. Incluso aquellos que no son propietarios de algún vehículo y que son la mayoría de la población.

El ruido ha colonizado nuestra ciudad  también. Ha convertido el andar por lo que una vez fueron pacificas calles de Oaxaca en una convivencia complicada con un entorno que a veces no nos deja escuchar nuestros propios pensamientos. O intenten andar por las calles de Pino Suárez o Las Casas, seguro estarán de acuerdo.

Miles de vehículos particulares y públicos abarrotan las calles de una ciudad colonial que nunca estuvo pensada para tal carga. Los edificios históricos resienten también el efecto vehicular, su cantera se ve dañada debido a la vibración y los contaminantes que se precipitan sobre la roca en forma de lluvia ácida.

Pero los más afectados somos sin duda aquellos que intentamos usar la ciudad de manera no motorizada, que somos el 100% de la población en algún momento del día. Todos percibimos el tronar de motores.

Desde la banqueta sólo podemos resignarnos a escuchar el ruido que se desprende de todo lo que circula por el arroyo vehicular. Automóviles privados, autobuses, camiones, pipas y, recientemente, motocicletas van llenado el espacio físico y acústico de la ciudad, sin que al parecer nadie pueda hacer absolutamente nada. ¿O tal vez si se puede?

Lo cierto es que desde hace mucho tiempo otras ciudades han combatido eficientemente este fenómeno, atacado la raíz del mismo. Y es que sólo hay una salida: un transporte público digno, eficiente y a buen precio.

Urge modernizar el transporte público de la ciudad pero de manera consciente. Modernizar no quiere decir remplazar unidades viejas por otras más jóvenes. Significa avanzar hacia un sistema de transporte que incluya las tendencias contemporáneas de movilidad de la sociedad y las nuevas tecnologías, que dan acceso por ejemplo, a tener motores híbridos, autos eléctricos y vehículos de transporte en masa ligeros y eficientes.

Y entonces, si tenemos suerte, en unos años el ruido del motor desaparecerá y podremos de nuevo escuchar todas aquellas melodías de la ciudad que han sido cruelmente abolidas por él. Quizás algún día haya de nuevo aves cantando, hojas que toca el viento, las risas de los niños y el sonido más bello de todos; la voz humana que razona y trasforma.

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