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No todo lo que hace el hombre es arte, y en lo personal,  ni siquiera estoy seguro de que muchos de los que se denominan artistas los sean. Esta discusión, en lo particular y en lo común, se ha venido debatiendo por mucho tiempo.

El arte difiere profundamente de la artesanía, y ésta del oficio, ya que son producto de una cadena que se basa en la técnica y muy poco en la actividad creativa. Las dos últimas se centran en la producción de objetos, lo que les diferencia de la creación artística, la cual está mucho más enfocada en la representación de la sensibilidad humana, a pesar de hacer uso y aprovechamiento de la técnica.

Esta disertación inicial viene a cuanta, debido a que en días y semanas pasadas se ha abierto un debate sobre la presencia de piezas de “arte” en la ciudad. Este debate, sin embargo, abre la puerta para una mayor discusión, a propósito del sentido que tiene el desarrollo de este tipo de expresiones en la ciudad, y sobre todo en el polígono que delimita el casco histórico de la misma.

Desde hace un par de años, hemos presenciado cómo han aparecido en espacios públicos de la ciudad, una buena cantidad de objetos que pretenden “enriquecer” el paisaje urbano. Sin embargo, esta idea se ha difuminado ante lo poco planeadas de las intervenciones y el cuestionable valor artístico de los elementos.

Con ánimo de no caer en el mismo dilema que plantea la aparición de estos objetos, es decir, la falta de consenso, intentaremos mirar esta situación desde un punto de vista más analítico que crítico.

Las ciudades han sido adornadas con elementos artísticos desde siempre, las primeras que conocemos ya tenían importantes representaciones artísticas en sus muros y calles. La discusión siempre se ha centrado en bajo qué consensos es que estos elementos se abren espacio en las urbes, anteriores y de nuestro tiempo.

Los regímenes totalitarios suelen hacer uso de estas formas de expresión, para establecer la presencia del sistema político y sus representantes en la vida de las personas que habitan la ciudad. En Budapest, capital de Hungría, existe un parque temático bastante particular, donde en lo alto de las montañas se ha establecido un espacio destinado a albergar las viejas estatuas del régimen comunista, que gobernó esta nación por más de medio siglo.

Estos monumentos fueron retirados de las calles de la ciudad y concentrados en un sólo punto, lejos de la mirada casual de los visitantes, debido a la falta de consenso a su prevalencia. Quienes los deseen visitar, deben hacer un gran esfuerzo para poder admirar estos objetos llenos de una carga política indiscutible, y no precisamente bellos, en la mayoría de los casos.

La calle es un lugar de expresión natural; si me apuran, es el lugar de expresión más puro al que podamos referirnos en nuestra generación y muchas antes. Sin embargo, hay que diferenciar entre lo que son expresiones espontáneas emergidas de la sociedad y de lo institucional. Este pequeño matiz, hace toda la diferencia entre lo que es arte urbano y campaña institucional.

Lo que ha pasado en los últimos meses en las calles de la ciudad cae en este último grupo, con el caso de las esculturas zoomórficas de formas rectas, fabricadas en metal y terminadas en laca. En lo personal, me parece que estas obras no aportan nada a la estética de la ciudad, y que por el contrario, degradan el paisaje del casco histórico. Sin embargo, concedo el hecho de que la calle puede y debe ser un espacio de expresión.

Pero en este caso particular, y en otro, como las esculturas de madera labrada de danzantes y osos, colocadas en las calles por la administración pasada, hay que marcar un límite. No se puede autorizar, por las buenas, una exposición en calle abierta, sin que se haga un análisis y un acuerdo sobre cada propuesta, para no terminar convirtiendo las calles de la ciudad en una galería barata.

Al inicio de esta administración se propuso la creación de un Consejo Ciudadano de Arte y Cultura, otro organismo bien intencionado, pero en la práctica limitado, que debería tener alguna opinión en estos aspectos. La dirección del Centro Histórico y el INAH, muy inquisidores en otros casos, también tendrían que tener un punto de vista al respecto, y por último, la propia comunidad artística.

La ciudad debe estar abierta, pero no a todo, y no a cualquier costo, porque se corre el terrible riesgo de imponer la visión de pocos a la mayoría, desde un solitario escritorio sin acuerdos de pormedio.

 

@tavomad

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